11/09/2006

. El sectarismo...

Pepe Gutiérrez-Álvarez, Octubre 2006

1. El sectarismo...

El sectarismo (1) fue, desde siempre, una de las enfermedades más dañinas de toda la historia del movimiento obrero y social.

Ninguna corriente ha escapado de sus zarpas, de una irradiación enloquecida que se avivaba especialmente en determinadas coyunturas –derrotas, exilios, clandestinidad, cambios rápidos en la evolución, etc-, sin embargo, por más que existe una larga historia de enfrentamiento entre diferentes corrientes –marxistas y anarquistas, comunistas y socialdemócratas, etc-, e incluso entre las propias fracciones, ningún sectarismo alcanzó nunca, ni tan siquiera se aproximó a la magnitud y brutalidad que alcanzó bajo el estalinismo.

Bastaría un solo ejemplo: el de la guerra llevada a cabo por la dirección estaliniana del Partido Comunista alemán contra la fracción mayoritaria del movimiento obrero, la socialdemocracia, considerada como el “enemigo principal”, dando lugar a una guerra sin la cual el ascenso de Hitler habría resultado imposible, y que sin embargo acabó siendo un mero paseo triunfal, acabando comunistas (y socialdemócratas) en los campos de concentración. Pero todavía cabían más vueltas de tuerca, y al final de la misma década, Stalin y Hitler pactaban, y el primero entregaba al segundo algunos de “sus” comunistas refugiados en la URSS (2). Y es que el estalinismo fue un sectarismo de Estado y de sórdida conveniencia burocrática, y llegó a afectar especialmente a las propias filas del comunismo oficial, o hay más ver la historia del PCE. El principio de Lasalle según la cual “el partido se fortalece depurándose”, fue llevada por el estalinismo hasta las últimas consecuencias. Lo mal es que las depuraciones y otras calamidades, acabaron con los partidos.

Ahora, apenas si queda algo más que los numantinos, grupos muy reducidos, muy jóvenes y poseídos (solo les queda la fe), pero cuya descomposición es inexorable, primero por su casi total aislamiento, y segundo por cualquier contradicción interna le lleva a la descalificación mutua. Baste recordar el famoso cisma del PSUC entre “euros” y “prosoviéticos”, y en la que ambas partes se insultaban tachando a la otra de...!estalinista¡ (3). Algo de verdad había en los dos casos, los primeros porque no respetaban que la oposición les ganará en las asambleas, los segundos porque seguían creyendo que el socialismo se seguía construyendo en los países del llamado “socialismo real”, donde –como diría Rudi Dutscke- habían muchas realidades, pero ninguna de ellas era el socialismo.

2. Dogmática anti...

Al abordar el controvertido concepto de “trotskismo” (4) cuando lo más correcto es hablar de “troskismos”, primero porque hubieron varios Trotskys, segundo porque la escuela tiene numerosas variantes, algunas de las cuales me parecen inaceptables, sobre cuando pretenden erigirse en los “verdaderos”...Todo esto no quita algo fundamental: que en tanto el estalinismo es incompatible con el socialismo, el “trotskismo” ha sido una corriente que ha dignificado esta palabra.

Por lo demás, después de todo lo que ha caído, actualmente solamente algún que otro grupo y diversas personas ancladas en el pasado se empeñan en mantener impertérrita su fe en el camarada Stalin y las patrias del socialismo. Se echan la manta a la cabeza, y achacan el desplome total de lo que se llamó estalinismo –un desplome que ha llegado a afectar muy gravemente el ideal socialista-, a los influjos de la propaganda imperialista, olvidando aquella temible divisa de Oscar Wilde: “Lo peor que te puede pasar es que tu enemigo tenga razón”.

El desprestigio de las castas burocráticas y de los métodos estalinianos había llegado a tales extremos que dicho desplome ha llegado sin la menor resistencia de la clase obrera, cuando no con el apoyo de sectores mayoritarios de ésta, por más que, más tarde, han podido comprobar que, al fin de cuentas, el socialismo era un buen invento aunque había sido mal aplicado. Durante décadas, diversas corrientes socialistas, y especialmente la trotskista, se la jugaron denunciando las falacias estalinistas en defensa del comunismo de los soviets (consejos obreros), de la democracia obrera, la libertad de crítica, la pluralidad, etc. Esto parece ser ignorado por los que consideran mi escritos como “anticomunistas”, y tratan de encontrar pruebas en los casos de antiguos herejes que en un momento dado –o sea después de haber sufrido una campaña de linchamiento moral, y de ver como eran asesinados Andreu Nin, Kurt Landau y otros-, se convirtieron en renegados como los poumistas Julián Gorkin, Víctor Alba, Ignacio Iglesias o Enric Adroher “Gironella”, como parte de una línea de conversiones que afectó a todo el movimiento comunista internacional, un proceso que culmina después de la caída del Muro, cuando dicha conversiones implica a países y partidos casi enteros (5).

La denigración del trotskismo fue una de las señas de identidad básicas del estalinismo. La razón es muy sencilla: Stalin no era nadie en el PCUS, y su ascenso implicaba la denigración, y finalmente la eliminación de toda la vieja guardia bolchevique, comenzando por el propio Lenin (6).

Así pues, durante décadas, de hecho hasta bien entrando los años ochenta, las ediciones en lenguas extranjeras de Moscú publicaban con bastante asiduidad dogmáticas para “la lucha ideológica contra el trotskismo”, un concepto que era más que suficiente para que cualquier “cicerone” para turistas en el Este se quitará de en medio nada más escucharlo. En el caso de los partidos comunistas hay que remitirse a fechas más lejanas, de hecho ya en los sesenta una editorial cercana al PCI se atrevía a editar a Trotsky, en los setenta algunos intelectuales comunistas británicos ya debatían abiertamente con Mandel (7), y tiempo después el PCF cuyo secretario más clásico, Maurice Thorez, presumía de ser “el primer estalinista de Francia”, después de publicar el opúsculo de Leo Figuéres, Le trotkisme, cet antileninisme (Sociales, París, 1969), comenzó en los años noventa una revisión que le llevaba al extrema de cuestionarse, no ya a Stalin sino también a Lenin.

El que escribe recuerda un encuentro con Santiago Álvarez, el “secre” del PC gallego (mucho más fuerte que ahora, claro) en Paris allá por 1970, en que éste aseguró ante unos militantes interesados que el PCE no tenía problemas en discutir sobre Trotsky, sin embargo, a la hora de la verdad no movió un dedo por organizar un debate público. Según Gregorio Morán, en los sesenta algunos “cachorros” del PCE ya tenían claro la verdad sobre Trotsky; también Manolo Sacristán contaba que tanto él como Manuel Blanco Aguinaga utilizaron su obra Literatura y revolución como material básico en un cursillo de cuadros en los años sesenta. Actualmente, no existe ningún dirigente comunista que públicamente se atreva a justificar a Stalin, más todo lo contrario. El propio presidente Chávez llegó a declarar en un programa de TV que en el debate entre Stalin y Trotsky, fue éste el que tuvo toda la razón. Por cierto, el líder trotskista venezolano se llama Stalin Pérez, claro que entre los propios trotskistas españoles no faltan los que –como es el caso de Diosdado Toledano- tuvieron un padre estalinista, tan de buena fe como el que puso Stalin a su hijo. Yo conocí en los sesenta un fervoroso estalinista que se llamaba Zinoviev Linares.

Durante los sesenta los maoístas trataron de fundamentar una reedición de las viejas premisas, y uno de ellos, el greco-francés Kosta Mavrakis, publicó Sobre el trotskysmo (La Flor, Buenos Aires, 1974, tr. Graciela Isnardi), que se fundamentaba en los trabajos de Charles Bettelheim sobre una historia de la URSS en la que hacía auténticos encajes de bolillos para no tocar a Stalin y el estalinismo, hasta que la caída de la llamada “Banda de los Cuatro” en China, provocó una reacción en cadena, y el propio Bettelheim resucitó su antiguos criterios “trotskianos” (a finales de los años cuarenta, la época en que escribió la obra que le daría a conocer, La economía alemana bajo el nazismo), y llegó a abjurar de lo que había escrito (en un artículo furiosamente antistalinista que publicó en su momento El Viejo Topo). Por la misma época –principios de los años ochenta-, todos los grupos maoístas con una cierta implantación (PTE, ORT, OC-BR, MC) fueron desapareciendo, y del propio Mavrakis nunca más se supo (8).

3. Fundamentos del...

Doctrinariamente, todo este discurso antitrotskista pretende fundamentarse en los escritos en los que Lenin tuvo algún conflicto con Trotsky, escritos que fueron recopilados cuidadosamente en una edición rusa que fue traducido al castellano con el explícito título de Contra el trotskismo (hay una edición en 2 tomos, en Ed. Anteo, Buenos Aires, 1975), al que se le añade el folleto del propio Stalin, Trotskismo o leninismo? (Ed. ETA, Medellín-Colombia, 1971), que se combinan como si fuesen tratados escritos de corrido (recuerdo de lejanas controversias con militantes comunistas “ortodoxos” que se hacían verdaderos líos con la cronología atribuyendo a Lenin actuaciones contra Trotsky...varios años después de su muerte; muerte que vino precedida por su difícil y agonizante oposición al ascenso de Stalin y la burocracia, momento que Moshe Lewin reconstruyó milímetro a milímetro en su obra El último combate de Lenin, que se puede leer con las notas de sus secretarias y sus últimos escritos que en la URSS no fueron publicados hasta...1967).

En el caso de Lenin, conviene decir un par de cosas: primero, que la vida militante de Lenin fue una constante polémica, incluyendo con sus propios partidarios, con quien no polemizó es con quien nunca jugó ningún papel significativo, o sea Stalin y su “clique”, con la gente del “aparato”; segundo, que en dichas polémicas a veces tuvo razón, y a veces no, citarlo como si fuese un “líder infalible” es algo profundamente antimarxista; tercero, esta recopilación (como todas las efectuadas por los “expertos” soviéticos, son un modelo de manipulación y descontextualización, entre otras cosas porque omite los elogios, que los hubo, en 1905, desde 1914...

En realidad este antitrotskismo cobra verdadera carta de naturaleza después de la muerte de Lenin (fecha en la que el “aparato” ya hacía tiempo que se había apoderado del PCUS). Antes de que el estalinismo impusiera su “historia oficial” en el movimiento comunista, a nadie se le ocurrió negarle a Trotsky su papel en 1917, y, sin ir más lejos, aunque con cicatería, el propio Stalin escribió en 1918: “Todo el trabajo de la organización práctica de la insurrección fue llevado a cabo bajo la dirección inmediata del presidente del soviet de Petrogrado, el camarada Trotsky. Se puede afirmar con seguridad que el partido debe principalmente y ante todo al camarada Trotsky el que la guarnición militar se pusiera rápidamente al lado de los soviets y la osada ejecución del trabajo por parte del Consejo Revolucionario de los soldados”. Será con la escuela de falsificación estaliniana, el célebre historiador francés Marc Ferro, podrá escribir lo siguiente: «La historiografía estalinista y postestalinista, durante mucho tiempo, ha dado una versión errónea del papel de los individuos y de los grupos, especialmente anarquistas, eseristas o mencheviques. Cuando se trataba de personalidades bolcheviques tan eminentes como Trotsky, Zinoviev, Kamenev o Shliapníkov, los descalifica sobre el plano moral, los hace desaparecer cada vez que estuvieron de acuerdo con Lenin, reapareciendo sólo en el caso contrario” (La revolution russe de 1917, Flammarion, París, 1967, p. 121; tr. PG-A). En el mismo libro, Ferro trata la Historia de Trotsky como la “obra maestra”sobre la Revolución rusa.

Obviamente, durante mucho tiempo —por no decir siempre— se pensará en términos distintos sobre este tema, pero hoy podemos ya afirmar que, se esté a favor o en contra, no se podrá desarrollar la polémica sobre la base de la ya olvidada y despreciada historiografía estalinista, y sí, al menos en lo fundamental, por supuesto, sobre la relación de los hechos que dieron Trotsky y su escuela, y por extensión todos los grandes testimonios sobre 1917 —como los citados de Reed y Sujanov— y todos los que dieron fe de las luchas internas en el seno del PCUS en los años veinte. Un buen ejemplo es el de E. H. Carr, quien, destrozando las historias oficiales del PCUS y dando por bueno el material testimonial de Trotsky, ofrece no obstante una interpretación de los hechos que, en algunos aspectos, puede entenderse como en cierta medida” “favorable” o comprensivo con la “institucionalización inevitable” de Stalin.

Por otro lado, conviene subrayar que éste no fue un debate sobre fidelidades, sino que ocultaba un trasfondo de instrumentalización. Así, el proceso de excomunión del trotskismo fue una consecuencia más de la imposición de una nueva escolástica llamada «leninista», que secaría el pensamiento creativo en la URSS y, en buena medida, en todo el movimiento comunista internacional hasta extremos desesperantes. Todavía a principios de los años sesenta, el filósofo marxista francés Henri Lefebvre tenía que inventarse una cita de Lenin para colar sus propias tesis en la industria cultural del PCF.

Todo esto parece hoy tan lejanos como los cartagineses, pero fueron cosas que tuvieron sus “días de gloria” para entrar en una lenta decadencia, hasta llegar hasta la descomposición final. Lo de hoy es ya un epílogo.

4. El estalinismo ha sido la mayor tragedia del ideal socialista.

Al final de todo, solo quedan las ruinas de aquel súper Estado llamado URSS (que sometía a las antiguas nacionalidades oprimidas ahora en nombre del...internacionalismo proletario), llamado impropiamente “socialista” o “comunista” (que eran, como no debe olvidarse, metas que requerían un desarrollo económico pleno, y que Engels definió como “el reino de la libertad”...

De esta manera, en la mayor de las paradojas conocidas, para buena parte de la gente militante que compartía sus ideales originales en lo concreto, significó detenciones, encarcelamiento, calumnias, hospitales psiquiátricos — manicomios infectos — o zonas inhabitables, cuando no torturas y la muerte. Páginas de barbarie incalculable sobre las que hoy no existe ya la más mínima duda, y que en su momento fueron difíciles de diferenciar de las atrocidades que la derecha atribuyó a la revolución desde el primer día. Semejante aberración, a los ojos del pueblo trabajador, ha acabado ensuciando el ideal comunista hasta el punto de que éste sólo puede plantearse desde un concepto de refundación en la que la primera premisa es proclamar su incompatibilidad con el estalinismo. Lo dijo rotundamente Bertinotti: estalinismo y comunismo son conceptos incompatibles (9).

En este terreno, la cuestión de Trotsky y el trotskismo cobró desde el principio una significación primordial: representaba el rechazo más consecuente del curso estaliniano en nombre de todo lo que realmente fue. Hubo otras oposiciones, y cuando fue posible trabajaron juntas, pero ninguna de ellas actuó de una manera tan consecuente, y ninguna resultó tan perseguida y calumniada.

Antes de Gorbachov, la mejor manera de que, en la mayoría de los países mal llamados “socialistas”, un turista se viera deportado inmediatamente hacia su país era que simplemente pronunciara la palabra “Trotsky”. En su primera novela, La broma, Milan Kundera ofrecía una aguda sátira sobre este tabú. En la Checoslovaquia de mitad de los años sesenta, un chico un tanto irreverente le escribía detrás de una tarjeta a su novia de las juventudes: “¡Viva Trotsky!”, y desde entonces su vida se convirtió en una pesadilla.

Según Marc Ferro, en su Historia de la revolución rusa, Trotsky falsea en cierta medida su papel diluyéndolo. No resalta con las dimensiones debidas su papel en el Soviet de Petrogrado, ni su protagonismo en la preparación y ejecución de la insurrección. Sin embargo, Nikolai N. Sujanov (cuya Historia de la revolución rusa fue editada en una versión abreviada de Joel Carmichael por Caralt, Barcelona, 1970, tr. de Julio Gómez de la Serna) lo consideró «peor que Lenin». Resulta curioso que otras dos obras mayores sobre la historia de la revolución fuesen las de dos escritores norteamericanos. La primera es la celebérrima Diez días que conmovieron el mundo, de John Reed, de la que existen numerosas ediciones —la última en Orbis—, aunque conviene diferenciar entre la traducción soviética «corregida» por funcionarios estalinistas y la auténtica, y que se considera el mejor testimonio escrito no solamente sobre la Revolución rusa, sino sobre cualquier otra revolución (10). Lenin recomendó la obra de Reed como ejemplar de cabecera para todos los trabajadores del mundo, y Nadia Krupskaya prologó su primera edición rusa, que sirvió, junto con la Historia del citado cronista martoviano Nikolai Sujanov, como manual para las escuelas; nada que ver, pues, con las falsificaciones y santificaciones estalinistas.

Falsificaciones que, aunque sus partidarios no lo sepan, tuvieron numerosas variaciones. En una primera se trataba de menguar la importancia del papel de Trotsky (hasta 1927), en la segunda se decía que era un menchevique disfrazado de bolchevique (hasta 1929), en la tercera fue una variante del “socialfascismo” el “anarcofascismo”, etc. (hasta 1936), luego pasó a ser el “hitlero-trotskismo” (hasta 1940), con el pacto nazi-soviético se convirtió en un agente de las potencias imperialistas, luego llegó a ser “titotrotskista”, con el XX Congreso del PCUS, regresó a la etapa “menchevique”, y aún así quedan variantes, todas completamente desacreditadas. En el caso del historial neoliberal, Trotsky aparece como más peligroso que Stalin porque con él (y otros), se pretende demostrar que pudo existir otro comunismo...Desde cierta izquierda, el trotskismo nunca llegó a romper enteramente con la matriz soviética. Es la izquierda que se niega a distinguir entre las diversas opciones y fases de una historia que, al decir de Eric J. Hobsbawn, no ha concluido todavía.

Pero esto nos lleva por nuevos vericuetos, sobre una historia que es necesario conocer para no repetir sus locuras y sus desastres. Se trata pues de aprovechar la furia de los sectarios para abundar en la información rigurosa y en la denuncia.

Notas

1) En los tiempos que corren, este concepto ha sido lo suficientemente manipulado como para andar con ojo (por ejemplo se le ha aplicado a los republicanos que no aceptan la monarquía borbónica, o a los que como Julo Anguita, no ha querido comulgar con las ruedas de molino del felipismo). Empero, cuando se trata de un grupo que se distingue por considerar que todos los que discrepan con ellos son agentes del mal, el concepto adquiere su más pleno y sórdido significado. El sectario podría definirse en términos machadiano como el “que desprecia cuanto ignora”. También puede definirse como un “binarismo”, que sólo piensan en términos positivos (los propios) o negativos (los que se le oponen). El resultado es el aislamiento de toda realidad, sobre todo cuando se trata de un sectarismo de reducto, en profundo declive histórico.

2) Sobre este capítulo, el lector puede consultar mi trabajo Margarette Buber-Neumann, la comunista que Stalin entregó a los nazis (www.fundanin.org), que es una réplica al prólogo de Antonio Muñoz Molina al testimonio de ésta.

3) Me permito igualmente señalar mi libro, Elogio de la militancia. La vida de Joan Rodríguez, comunista del PSUC (Ed. El Viejo Topo, Bacelona, 2004), que aborda la historia de un comunista de base en Terrassa y en Vilanova i la Geltrú. Su protagonista quemó un libro de Trotsky sobre Stalin, pero las experiencias y las lecturas no pasan en balde, sobre todo cuando los sentimientos auténticos no se han acomodado (y mucho menos, corrompidos).

4) Sí esto significa defender todos y cada una de los posicionamientos de Trotsky, yo no soy trotskista. Sí se entiende por tal una cierta tradición, la defensa general (y crítica cuando se cree necesaria) de la trayectoria de Trotsky, pues podría definirme como tal sin más pretensión. Ya que las escuelas sirven como punto de partida, y no dan garantía de nada. Por eso me chocan los que citan a Trotsky sin cuestionarse nada. Según como los ismos son utilizados como un protector contra esa cosa tan dura que se llama el cada día, la vida, ante la que somos muy poca cosa.

5) El lector interesado encontrará una amplia información y análisis sobre estos personajes y otros en mi libro Retratos poumistas (Espuela de Plata, Sevilla, 2006), obra fundamentada en buena medida por la documentación facilitada por la Fundación Andrés Nin. En la CIA entraron innumerables excomunistas, entre ellos algunos que abandonaron el POUM. No es otra cosa lo que dicen especiales como Frances Stonor Saunders o Joan Garcés. La diferencia radica que los poumistas –al contrario que los estalinistas- nunca abjuraron de su militancia.

6) Sobre esta cuestión, aparte de la obra ya clásica de Moshe Lewin (El último combate de Lenin), el lector encontrará información de primera mano en otras más recientes como El siglo soviético, del propio Lewin (Crítica, 2006), o en el Lenin. Una biografía, de Robert Service (Siglo XXI, 201)...Claro que si alguno cree que no se puede creen en los papeles como dijo Stalin, pues entonces, es porque querrán creer a Stalin. Claro que mejor que no se acerquen a cualquiera de sus biografías.

7) Un debate más al día fue el promovido por la New Left Review, con aportaciones del eurocomunista Nicolás Krassó, y las respuestas de Ernest Mandel, en El marxismo de Trotski (Cuadernos de Pasado y Presente, México, 1970, tr. Ofelia Castillo), que comprende otras aportaciones complementarias por parte de Monty Johnstone, el cubano Roberto Yepes y Tamara Deutscher. Sobre Mandel se puede consultar mi reciente trabajo aparecido en la Web de Revolta Global y en KAOS.

8) Una crítica exhaustiva de Mavrakis y de Figueres puede encontrarse en la obra de Denise Avenas y Alain Brossat, Sur l´ antitrotskysme (Maspero, París, 1973), en la que se pone en evidencia como los autores aceptan prácticamente todas las falsificaciones de estalinismo, comenzando por los "procesos de Moscú", e igualmente en la Daniel Bensaïd, Los trotskismos, cuya edición castellana está pendiente en El Viejo Topo.

9) La corriente trotskista ha dedicado una especial atención a la vida y la obra del “Padre de los Pueblos”, comenzando por el Stalin inconcluso de Trotsky y que fue compilada y traducida del ruso por Charles Malamud y editada por la editorial norteamericana Harper a pesar de las protestas de Natalia Sedova, pero en estas condiciones fue publicada por Plaza&Janés (BCN, 1950, tr. del inglés de I. R. García), lo que no impidió que muchos de sus apartados fueran utilizados con entusiasmo, y que uno de ellos, Las tres concepciones de la revolución rusa fuera incluido en la recopilación efectuado por Fontamara titulada La revolución rusa), existen otros trabajos de prestigios como el controvertido Stalin. Una biografía política, de Isaac Deutscher (ERA, tr. José Luis González; también existe otra en catalán por Edició de Materials, BCN. 1967), sin olvidar la más "ortodoxa" de Jean-Jacques Marie, Staline (1879-1953), (Seuil, París, 1967). También está la extensa obra de Pierre Broué, El partido bolchevique (Ayuso, Madrid, 1973, tr. Ramón García Fernández), que abarca la historia del PCUS desde sus orígenes hasta los años sesenta, y que se puede encontrar por internet al igual que su obra sobre Los procesos de Moscú...

10) Sobre John Reed se puede consultar mi antología Rojos y rojas, El Viejo Topo, Barcelona, 2003) que informe sobre el hombre y la obra.